dimarts, 8 d’abril de 2014

un article que no interessa fer-ne ressó! m'ajudes?

Eric Cantona, en sus memorias, relata un pasaje estremecedor. En su época como jugador del Marsellla, llegó al vestuario para cambiarse y se topó con una inscripción en la pizarra que decía lo siguiente: ‘Hoy, pinchazo para todos’. Cantona montó en cólera, cogió la tiza y añadió de su puño y letra ‘pinchazo para todos, menos para Cantona’. Valga la anécdota para ilustrar el hecho de que existen pocos como Cantona en el fútbol. Hay una regla no escrita donde los profesionales, en privado, reconocen que existe el dopaje y esos mismos, en público, defienden la limpieza de su gremio. Más reglas no escritas. Los paladines del fútbol como industria inmaculada sostienen que no existe ningún producto capaz de conseguir que un mal futbolista se convierta en estrella. Para ellos lo mollar es la habilidad, que poco o nada tiene que ver con la medicación. El discurso del lado más soleado de la realidad se oscurece a la hora de hablar de la preparación física. Ahí vienen los problemas, porque una preparación física, con un plan específico de productos dopantes, puede lograr un salto de calidad incuestionable en la capacidad del futbolista. Gana en rapidez, musculatura, resistencia y ritmo. No le permiten regatear mejor, sino más veces. Y no correr más, sino correr durante más tiempo. Las sustancias dopantes no hacen bueno a un jugador malo, pero consiguen que aumente su efectividad. Se agota menos, está fresco, puede repetir esfuerzos y además, sacar partido del cansancio de sus rivales.
El doctor Jean Pierre-Mondenard, una eminencia en la persecución y denuncia del dopaje, establece un parámetro crucial para señalar que el dopaje sí es relevante en el fútbol: ‘Se puede afirmar que un futbolista bien preparado con EPO, anabolizantes o transfusiones, correrá más tiempo, chutará más fuerte y saltará más alto y con más potencia que uno no preparado’. Eso, por no hablar del suministro de sustancias prohibidas a los jugadores para que puedan acelerar el tiempo de recuperación de sus lesiones, aún a riesgo de acortar sus carreras deportivas. Hubo, hay y habrá sospechas de dopaje en el fútbol. Y hubo, hay y habrá positivos probados en el fútbol profesional. Menos de lo que cabría imaginarse y más de los que detecta FIFA, que siempre presume de su tolerancia cero.
Nombres propios. Tal y como revela el diario La Vanguardia, la historia señala casos flagrantes en el fútbol, como los de las selecciones de Alemania y Hungría en la Copa del Mundo de 1954. Un estudio del Instituto Federal de Ciencias Deportivas de Alemania no dudó en dictaminar que su selección, que se impuso a los magiares contra todo pronóstico en aquella final, contó con la ayuda de las anfetaminas, usadas previamente como estimulantes en los soldados de Hitler durante la II Guerra Mundial. Algunos de los miembros de aquella selección alemana sufrieron casos de ictericia cuando volvieron a su patria, a consecuencia de jeringuillas mal esterilizadas. La leyenda negra de aquella final también persigue la reputación de muchos jugadores húngaros, ya que cinco de los once titulares murieron por problemas cardiacos. La Vanguardia, en un magnífico artículo de Xabier G. Luque, también se hace eco de las palabras en los años setenta de un icono como Franz Beckenbauer, que no tuvo reparo en hacer público algo que muchos sospechaban: ‘En la Bundesliga, todo lo que permite mejorar el rendimiento del jugador, es lícito. Nos pinchan y tomamos pastillas de todo tipo’.
En su día, al técnico Zdenek Zeman le nació la conciencia cuando denunció, públicamente, que el Calcio ‘debía salir de la farmacia’. Era 1998 y Zeman destapaba la caja de los truenos. Acabó siendo odiado por los hinchas, desfigurado por gran parte de la opinión pública y repudiado por el corporativismo de muchos profesionales de la Serie-A. Gian Martino Benzi, experto en farmacología, no dudó en denunciar que la Juventus de finales de los noventa tenía ‘281 tipos de medicinas, una cantidad incompatible con una institución no sanitaria, más acorde con un hospital al uso. O los jugadores estaban todo el día enfermos o tomaban más allá de algo terapéutico’. En 2007, nueve años después de que Zeman denunciase la trama, el Supremo italiano dictó sentencia, probando la ilícita administración de fármacos a los jugadores de la Juventus, que llegó a ganar la Copa de Europa en aquella época y disputó dos finales más. Eso sí, el delito prescribió. El secreto a voces quedó expuesto. ¿Quién no recuerda aquel vídeo casero de Fabio Cannavaro inyectándose neotón en la víspera de una final que debía disputar el Parma? El central se reía en aquellas imágenes que dieron la vuelta al mundo. Pero aquello no tenía gracia.
¿Qué hay del fútbol español? En 1987, la revista Interviú publicó un sondeo en la Liga española, con un muestreo basado en las respuestas de 170 futbolistas de los 360 preguntados acerca de si existía dopaje en el fútbol español. El resultado fue estremecedor: el 80% exigía controles anti-dopaje (no existían en España, maravilloso), un 20% reconocía haber usado estimulantes alguna vez y un 70% decía que existía dopaje en el fútbol patrio. El entonces presidente de la AFE, José Luis Uriarte, no dudó en señalar que ‘existe doping en el fútbol español, pero los jugadores no se atreven a denunciarlo en público, por miedo a represalias’. Uno que nunca tuvo miedo a represalias fue el malogrado Juanito que, al ser interrogado en la RFEF, confesó: ‘Tomaba centramina – una suerte de anfetamina- en el Burgos. Unas veces conscientemente y otras sin saberlo. Había ocasiones en que el café no sabía a café.(…) No tengo por qué acusar a nadie, pero el doping existe, porque yo lo he vivido (…) Nadie me explicó si eso era bueno o malo. ¿En el Madrid? En el Madrid la droga la da la camiseta’. Juanito tampoco tuvo pegas para acusar a Rubén Cano, entonces en el Atlético: ‘Se matan contra el Madrid. No sé si con centramina o sin ella. No había visto correr así a Rubén en mi vida. Luis De Carlos, entonces presidente del Madrid, le aconsejó: ‘Puede pensar lo que quiera, pero debe comprender que hay cosas que no se pueden decir’.
Más casos. Javier Clemente, ex jugador del Athletic y entrenador del Espanyol en 1987, tampoco dudó al explicar una anécdota más que jugosa en El Mundo Deportivo: ‘En mayo de 1970 jugábamos contra el Valencia. Se equivocaron al darnos la pastilla. Nos la dieron en la víspera del encuentro, esa noche no pudimos dormir y en el campo fuimos una caricatura y perdimos el título’. Manuel Velázquez también recuerda un partido disputado ante el Borussia en los setenta: ‘Vimos cómo los alemanes se inyectaban ellos solos en su vestuario. Nos quedamos atónitos. Ahí jugaba Stielike. Se lo comentamos cuando vino a Madrid y nos dijo que las inyecciones eran para infiltrarse. Nos pareció absurdo, no le creímos’. En 1986, durante el Mundial de México, Ramón María Calderé, dio positivo por efedrina, justo el compuesto que le costó una sanción a Maradona. Calderé pudo demostrar que fue un error del médico al recetarle el fármaco y pudo seguir jugando. También por efedrina dieron positivo Paco Sanz y Dani García Lara en el Real Madrid B, a causa de un error del doctor Neyra, que en vez de vitaminas suplementarias dio otra cosa a los jugadores. El Doctor Herrador calificó aquello de error y Neyra se mostró profundamente arrepentido.
Quién no recuerda la nandrolona, aquella sustancia que acabó con una sanción ejemplar para Carlos Gurpegi, jugador del Athletic de Bilbao, mientras el doctor Sabino Padilla (aquel al que Núñez quiso fichar para el Barça de Van Gaal) trataba de convencer al personal de que el cuerpo del jugador generaba niveles altos de esa sustancia. Tal y como informó la Cadena COPE en su día, La teoría de Padilla se fue por la alcantarilla y Gurpegi tuvo que pagar. La nandrolona también se cruzó en la vida de Pep Guardiola, de 2001 a 2007, cuando dio doble positivo en el Brescia tras sendos controles antidopaje. Todos los comités culparon a Guardiola, que defendió su inocencia hasta llegar a la justicia ordinaria, para defender su inocencia a costa de quien fuese. En 2005 se le condenó a siete meses de prisión, pero el 23 de octubre de 2007, el Tribunal de Apelación de Brescia absolvió al canterano del Barça de la acusación de dopaje, logrando que su nombre quedase limpio.
En 1991, varios médicos de los clubes del fútbol español denunciaron irregularidades en los controles antidopaje. Decían que algunos equipos sabían, previamente, que en sus partidos se iban a realizar pruebas a sus jugadores. Increíble, pero cierto. Lo mejor de la historia es que en 2003, trece años después de esa denuncia de los doctores, la Cadena SER desveló que los controles antidopaje no eran secretos, algo de lo que presumía la RFEF, y que clubes como el Athletic tenían conocimiento de cuándo debían pasar esos controles. De hecho, José Ramón De la Morena aseguró que había avisado al Secretario de Estado para el Deporte de que los jugadores del Athletic pasarían un control ante el Racing de Santander y que los elegidos serían Julen Guerrero y Aitor Karanka. Dicho y hecho: el Athletic jugó en Santander, hubo control después del partido y los elegidos para pasarlo fueron Guerrero y Karanka. La credibilidad del fútbol español, después de eso, quedó a la altura del fango. O más abajo. ¿La solución? Aquí paz y después, gloria.
Tampoco nadie se alarmó cuando la Cadena SER informó de que después de un Rayo-Las Palmas en Vallecas, un empleado denunció que había encontrado un gran número de jeringuillas en el vestuario visitante. Nadie quiso hacer preguntas incómodas. Nadie husmeó. Nadie tuvo demasiado interés en cuestionarse para qué demonios eran esas jeringuillas y que contenían. Ahora, en 2013, en plena ‘Liga de las Estrellas’, donde el vicepresidente de la Liga confiesa que se amañan partidos pero no puede probarlo, se han registrado unas denuncias en As del que fue presidente de la Real Sociedad, Iñaki Badiola, diciendo que la Real pagó en negro unas medicinas que podrían ser sustancias prohibidas. A falta de pruebas convincentes sobre la veracidad de los hechos, sí existe un testimonio, el de Sander Westerveld, el portero de aquella Real, que ha negado la mayor. Eso sí, no ha tenido problema en reconocer que, antes y después de los partidos les ponían una vía intravenosa. Él dice que no sabía qué le inyectaban, pero se dejaba inyectar. No preguntaba, pero tiene la certeza de que no había doping. Así están las cosas.
Diciembre de 2006. El doctor Eufemiano Fuentes señalaba en ‘Le Monde’ que, en materia de dopaje, existe una filtración selectiva. ‘Hay deportes contra los que se puede ir y otros contra los que no, ya que disponen de una maquinaria legal muy potente para defenderse y eso podría costar también su puesto al que manda en el deporte". ‘Le Monde’, a través de una investigación de Stephane Mandard, accede a documentación del doctor Fuentes. La información del diario galo desvelaba planes de Real Madrid, Barcelona, Betis y Valencia, correspondientes a la temporada 2005-06. Ante la rotundidad acusadora, los cuatro clubes anunciaron medidas legales. En 2009, ‘Le Monde’ fue condenado a abonar 300.000 euros al Madrid y 30.000 al doctor Del Corral. Dos años más tarde, era condenado a pagar 15.000 euros al Barça. Fuentes negó toda vinculación con esos clubes. ¿Recuerdan aquella entrevista a Fuentes en ‘Le Monde’ en 2006? Ahí se encuentra una frase reveladora sobre las presiones externas que decía sufrir: ‘Me han amenazado de muerte tres veces, me han dicho que si decía ciertas cosas, mi familia y yo tendríamos problemas’. Hoy Eufemiano sigue sin revelar su lista completa de clientes. Es más, nadie ha querido exigir que aporte esos nombres y releve sus identidades. Ejemplar.
Las autoridades españolas lo tienen claro: ‘El fútbol español está completamente limpio’. Los futbolistas tampoco tienen ninguna duda: ‘No existe dopaje en el fútbol’. En cuestiones de dopaje, pareciese como si el fútbol estuviese envuelto de un halo de santidad, mientras que en el resto de deportes minoritarios, sus practicantes sí cargan reputaciones de tramposos, canallas y mentirosos compulsivos. Sin embargo, el sistema de control del dopaje en el fútbol y su nivel de exigencia está en las antípodas del que soportan ciclistas y atletas. Según publicó el diario ABC, en el fútbol español no se hacen análisis de sangre ni específicos de EPO. Tampoco de CERA, fármaco estrella e indetectable durante años. Es más, el fútbol está al margen del pasaporte biológico de la Agencia Mundial Antidopaje, un modelo de predicción en materia forense similar al que usan los CSI para identificar el ADN en escenarios de crímenes. La RFEF indica que esos test son demasiado caros. Es decir, se pasan controles de orina, pero no de sangre. Los más baratos sí, pero los más fiables, no.
¿Y en qué consisten esos test antidoping? Pues la Federación determina al inicio de cada temporada, mediante sorteo ante notario, los partidos en los que se va a realizar el control. En cada encuentro se eligen, por sorteo, dos futbolistas y un sustituto por cada uno de los equipos y esas muestras pasan a la Comisión Antidopaje, que las envía a los laboratorios para ser analizadas. Se eligen, por cada jornada de Liga, dos encuentros de Primera y dos de Segunda. Es decir, en la ‘Liga de las Estrellas’ no se hacen controles a ocho partidos cada jornada. Impresionante. Por cierto, los ciclistas profesionales, a los que se les aplica la presunción de culpabilidad en vez de la de inocencia, dedican un porcentaje de su sueldo a sufragar los gastos de los controles anti-dopaje. Un detalle tan pequeño como revelador.
Hay más. En España no se hacen controles sorpresa porque son caros para la Federación Española. Un control de orina tiene un coste que oscila entre los 100 y los 180 euros, mientras que uno de sangre sale por unos 600 euros. Así que la RFEF, siempre presta a la hora de recaudar pero remisa a la de gastar, se ahorra los test sanguíneos y se escuda en que eso es materia de UEFA y FIFA. Según el diario Marca, en España, cada fin de semana ocho jugadores profesionales pasan un control anti-dopaje tras los partidos. Sí, el dato es correcto: 4 jugadores en 10 partidos de Primera y 4 en Segunda. Es decir, sólo 8 jugadores de un total de 360 convocados pasan el test. En Francia o en Alemania pasan el control correspondiente 156 futbolistas cada fin de semana. Alucinante. Por cierto, en España, la Federación organiza los controles y además, sanciona. Lo nunca visto. Como dice el profesor Mondard en las páginas de La Vanguardia, ‘es como si el presidente de una empresa fuese, a la vez, delegado sindical’.
El fútbol no debe estar bajo la presunción de culpabilidad y no hay que acusar a nadie sin las suficientes pruebas, pero sí conviene responder a demasiadas preguntas que, a vista de los datos expuestos, se agolpan. Ahí van unas cuantas: ¿existe voluntad real de investigar los pasajes anteriormente mencionados? ¿el periodismo comenzará a hacer las preguntas incómodas que se necesitan? ¿es admisible que quien hace los controles ponga las sanciones? ¿están todos los deportes manchados menos el fútbol? ¿a la industria del fútbol le conviene que se detecten casos de dopaje? ¿los patrocinadores del fútbol abandonarían el negocio si hubiese doping? Y por último ¿el fútbol español hace todo lo que puede por garantizar su limpieza? La respuesta tiene dos letras, la palabra es una sola.
(*) Querido lector, si después de este kilométrico artículo ha llegado al final, le felicito. Sólo le pido que recuerde que esto que acaba de leer no le interesa a nadie. No vende.
Rubén Uría